Desde hace muchos años, tengo un especial aprecio por un par de poemas victorianos que me han servido de brújula en momentos de incertidumbre. Los tengo apuntados en el bloq de notas del smartphone y de vez en cuando, los vuelvo a leer. Siempre que los leo, descubro algo nuevo sobre mi, sobre mi pasado o mi forma de pensar, o sobre como guiarme en esos momentos.
Estos dos poemas son Invictus de William Ernest Henley,  que suelo leer cuando estoy bajo mucha presión y cuando todo va mal y todo parece derrumbarse a mi alrededor, una sensación que todo emprendedor ha sentido en algún momento. El segundo, es “Si” de Rudyard Kipling. Hace poco releí este ultimo al hablarle de este habito personal a una colega, y pensé que este poema escrito hace más de 100 años guarda unos sabios mensajes que son muy utiles para el emprendedor del siglo XIX.

Así que animado por este pensamiento, he decidido extraer esos consejos escondidos en este poema que tanto valoro. En primer lugar,  para todo aquel que desconozca este poema aquí está en su versión integra.

Si  (Rudyard Kipling)
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Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno,
ni hablar con demasiada sabiduría…
Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho,
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…
Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder,
y comenzar de nuevo por el principio
 y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice “!Continuad!”.
Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
,
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

Y estos son los consejos que, en mi opinión, puede un emprendedor extraer y tratar de aplicar a su día a día:

“Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor todos la pierden y te echan la culpa;”

El emprendedor y empresario promedio se mueve en un ambiente muy cambiante y dinámico. Vivimos al limite y nuestras empresas dependen de la incertidumbre, lo que nos lleva a estar bajo presión en muchas ocasiones. Mantener la cabeza fría cuando todo a nuestro alrededor empieza a “implosionar” puede suponer una diferencia critica a la hora de superar las adversidades que se nos presentan. Mantener la cabeza fría nos permitirá evaluar la situación e idear un plan de contingencia y llevarlo a cabo. Perder la frialdad en una situación critica solo nos hará perder un tiempo valioso y afectará a nuestra percepción del problema.

“Si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti, pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;”

Ya sea uno el gerente o CEO o un directivo de empresa, toda decisión que tome será analizada de la peor manera en el peor momento. Tanto si nuestras decisiones son cuestionadas por arriba, como por debajo en la escala de mando, nuestra capacidad para confiar en nuestro criterio se verá afectada. El ser humano tiene tendencia a infravalorarse en sus capacidades personales. No lo digo yo, lo dice la ciencia: Existe un fenómeno psicológico llamado “Síndrome del impostor”, sujeto a multitud de estudios desde que se acuño en 1978. A pesar de las evidencias externas de su competencia, aquellos con el síndrome permanecen convencidos de que son un fraude y no merecen el éxito que han conseguido. Las pruebas de éxito son rechazadas como pura suerte, coincidencia o como el resultado de hacer pensar a otros que son más inteligentes y competentes de lo que ellos creen ser. No es necesario sufrir este síndrome. Si una decisión acertada, movida por factores externos o sobre los que no se tiene control, acaba desembocando en un error, nuestra capacidad de decisión, experiencia y competencia en general se verá cuestionada por el resto de la empresa. Es importante, confiar en la capacidad de cada uno, conocer bien esa capacidad, ya que es nuestra herramienta de trabajo, y no dejarnos afectar por criticas infundadas. En su lugar, deberemos escuchar las criticas y comprobar que nuestra decisión tiene en cuenta cualquier problema que pueda indicar y que pudiera no haber sido considerado.

“Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
 si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;”

A menudo nuestras ideas o nuestros sueños nos pueden acabar dominando. Si nuestro trabajo requiere de creatividad y de generar nuevas ideas o planes, lanzar nuevos productos o servicios, nos encontramos en una situación perfecta para que suceda el desastre. Hasta poco después de emprender,  dedicaba bastante tiempo en general, a pensar e idear posibles productos, servicios, programas, e incluso juegos. Uno puede caer en el error de quedarse exclusivamente en la fase de ideación, de pensamiento y análisis, y no pasar nunca a la acción. Como con todo en este mundo, pensar nuevas ideas, nuevos enfoques o innovaciones es algo positivo siempre y cuando se encuentre en su justa medida. Cuando uno se lanza a la emprendeduria, demasiadas ideas pueden diluir nuestra atención y capacidad de acción. Al principio, las ideas tienen un peso muy marginal, y lo que importa es la acción. Alguna vez un conocido ha venido a mi con una idea “que vale millones” y siempre les respondo lo mismo: Las ideas no valen nada, lo que importa es la ejecución. Las ideas son “factores multiplicadores”. Una mala idea, llevada a cabo de forma sublime, podría reportarnos beneficio económico. Una idea genial, llevada a cabo con el mismo trabajo, esfuerzo y la misma influencia del azar, podría multiplicar dicho beneficio por 1000, por 10000 o por 1 millón.  No nos dejemos dominar por las tormentas de ideas, no nos enfrasquemos en indecisiones sobre que camino tomar, demasiadas ideas o demasiado análisis y planificación, solo nos provocara perder el tiempo y quizás hasta la oportunidad. Si como decía el conocido dicho “La pluma es más poderosa que la espada”, en este caso la acción es a su vez más decisiva que la idea.

“Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre) 
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;”

No solo hay que mantener la templanza en la adversidad. El triunfo y el éxito cambia, es algo que hemos podido ver en multitud de ejemplos en la sociedad. Tan peligroso es que nos paralice o cambie a peor un fracaso, como que un triunfo nos lleve a excesos de confianza. Un fracaso nos puede llevar a otro infravalorando nuestra capacidad, afectando a nuestra forma de ver el negocio, a nuestra toma de decisiones y a nuestro comportamiento como líderes, de la misma forma que un éxito puede llevarnos a la ruina por el camino del exceso de confianza, sobrevalorar nuestra capacidad o llevándonos a arriesgar más de lo que deberíamos. Es un comportamiento clásico de los malos jugadores de poker. Cuando uno pierde unas manos, se obsesiona con alguna oponente contra el que ha perdido y la presión le lleva a no apostar con claridad. De la misma manera, he visto a multitud de jugadores que tras un par de manos con suerte, se llenan de orgullo y empiezan a apostar fuerte, cayendo en las trampas de jugadores más hábiles y perdiéndolo todo. Relativizar triunfos y derrotas, es una habilidad que podemos desarrollar y entrenar con pequeños fracasos y triunfos. Impermeabilizarnos es complicado, y nunca será 100% efectivo, pero todo suma en este mundo.

“[Si puedes]…contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
 y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas”

La suerte no existe, yo forjo mi suerte con mi trabajo y esfuerzo. Es algo que digo y creo, pero soy consciente de que existen multitud de factores que no controlo y que pueden afectar a mi negocio, tanto para bien como para mal. Incluso confiando en mis capacidades y esfuerzo, soy un ser humano, imperfecto, y existen también factores internos, errores humanos que pueden sucederse. Desde el primer día que pude llamarme emprendedor, tengo en mente que todo lo que haya ganado o conseguido, puede evaporarse en tiempos record. Lo sé porque ya me ha pasado. Ver como todo el esfuerzo, ilusión y sueños en los que has trabajado durante tanto tiempo, se derrumban a tu alrededor, es desgarrador. Cuando me pasó, me sentí hundido y sin ganas, pero me forcé a mi mismo a reconstruirme, a reconstruir mi negocio. En menos de un mes, ya volvía a estar al pie del cañon, con un planteamiento distinto y una actividad diferente. Fue costoso, porque al principio no tenia ganas más que de descansar y parar completamente antes de dar ningun paso, por lo que imponerme pensar en el siguiente paso era complicado. Mis “herramientas” estaban “desgastadas”, y seguir adelante me ayudo a cambiar mi estado de animo, centrarme y volver al camino. Esto tiene un nombre: Resiliencia, la capacidad de volver a un estado inicial tras una fase de estrés o crisis. Solo existe una forma de entrenar la resiliencia: “Levantarse cuando uno se ha caído”, seguir adelante sin autocomplacerse o mirar demasiado atrás si no es para aprender del error.

“Si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice “!Continuad!”.”

Emprender es duro. Nos vemos envueltos en una presión que no se puede comparar a la mayoría de trabajos por cuenta ajena, con pequeñas salvedades. No existen horarios fijos y a menudo nos suceden etapas de sobrecarga en la que necesitaríamos clonarnos un par de veces para poder limpiar la lista de tareas pendientes. Ese ritmo al que nos vemos sometidos provoca que en ocasiones nos falten las fuerzas. Cuando más cansados estamos, con trabajo hasta las cejas, una lista de trabajo que no termina y solo parece aumentar, lo único que nos queda para espolearnos es nuestra fuerza de voluntad. Esa voz en tu interior que dice “¡Vamos levantate!” cuando suena el despertador a las 6 de la mañana y apenas has dormido 4 horas, es lo unico que nos va a ayudar a afrontar cada día de forma distinta. Tenemos que aprender a escuchar y potenciar esa voz.

“Si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos”

Nuestro mayor recurso es nuestro tiempo. Podríamos argumentar que nuestro mayor recurso es la financiación, el capital o el conocimiento, pero cualquiera de estos factores depende de como aprovechemos el tiempo: Cada minuto que pasa, lo aprovechemos o no, supone un coste para nuestro negocio en conceptos como alquileres, commodities como luz, agua e internet, cuotas de la Seguridad Social. A su vez, conseguir y mantener un conocimiento actualizado depende del tiempo que invirtamos en estudiar o adquirir ese conocimiento o experiencia. El tiempo es el factor que determina la productividad de nuestras acciones, y por ello, debemos aprovechar cada minuto. Recorrer una distancia que valga la pena los sesenta segundos nos mueve a optimizar ese recurso tan valioso que es imposible almacenar o ahorrar. Todo pequeña victoria suma. Conseguir ahorrar 10 minutos en una tarea que tenemos que realizar una vez al día, nos reporta casi una hora cada semana. Son algo más de tres horas al mes que ganamos al imparable paso de las agujas del reloj, y al final del año se convierten en unas 40 horas ganadas. Ganar 10 minutos cada día nos libera casi dos días de trabajo al final del año. Optimizar nuestro tiempo, como lo invertimos y en que priorizamos su uso, nos llevará a ser productivos y a hacer que recorramos esas “distancias que valgan la pena”.

Y vosotros, ¿Teneis vuestro propio “Poema victoriano”?